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martes, 8 de diciembre de 2009

86 - El encuentro

En un acontecimiento inédito, nos reunimos los egresados de la promoción 1968 -69 de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Cuyo el 27 de noviembre de 2009.

Roberto ANCONETANI - Raúl ARQUE LATOUR - Osvaldo Sixto BERMEJO - María Mirta BIAIÑ - Emilio CÁCERES - Kevin CAILLET BOIS - Osvaldo CAPPÉ - Héctor CHECA - Oscar César CIOTTI - César CUELLO ROCA - Raúl DEL MONTE - Eduardo DÍAZ PERALTA - Roberto DOMENECH - Graciela FASCIOLO - José G. GARCÍA SAEZ - Orlando GONZALEZ - Ernesto HUGALDE - Rolando KAISER - Carlos LARREGUY - Jorge LARRIQUETA - Alberto LASMASTRES - Erica LÓPEZ - Horacio LÓPEZ - Miguel MANZANERA - Oscar MARTÍNEZ - Antonio MÁS - Salvador MICALI, - Edgardo MOSCARDI - Dardo Roberto MUR - Juan NOLTING - Silvia OREMIANER - Rodolfo PERINETTI - Inés del Carmen RIVERA - Ángel RODRIGUEZ - Elba ROMANO - Juan Bartolomé SÁNCHEZ - Mariano SANTOS - Alejandro SCOLARO - Juan Carlos SCORDO.

La noche anterior se produjo el verdadero reencuentro lleno de emotividad tras un paréntesis de 40 años, en el que muchos de nosotros no nos volvimos a ver. En un restaurante de la ciudad de Mendoza concurrimos con nuestras esposas, quienes confraternizaron con los compañeros y entre ellas como si fuéramos amigos de toda la vida. En aquella época con este grupo, realizamos infinidad de visitas a bodegas y fábricas de todo tipo y compartimos extensos viajes de estudio por el sur y el norte del país visitando inclusive países vecinos.


En el río Paraná en un viaje al noreste (diapositiva de A. Scolaro)

Al día siguiente y tras un desayuno en la facultad, en Chacras de Coria, fuimos al salón de conferencias de la cátedra de horticultura donde escuchamos una clase conmemorativa dada por el Dr. Ing. Jorge Tacchini, que fuera nuestro profesor de Economía y Administración en la década del 60. De brillante trayectoria y con sus radiantes 82 años nos habló de cuanto cambió todo en este tiempo.

Esperando la clase de Tacchini (1ª fila 3º de corbata)

Contó Tacchini, que su esposa, también ingeniera agrónoma, iba a clase de traje y tacos altos, una vez en un trabajo práctico, los alumnos debían ir tras la mancera de un arado tirado por un caballo, lo cual para los varones no significaba un gran problema, pero esta chica ¡debió arar de taco alto!, contrastando con algunos alumnos de hoy que asisten de bermudas y hojotas.

Pasaje San Martín

Muchas de las anécdotas de aquellos años de estudiante ocurrieron en un departamento que alquilábamos en la galería San Martín (en la foto: 3º piso justo sobre el arco de entrada), Los inquilinos, varios de otras provincias o del interior de Mendoza, dedicábamos las horas libres a preparar una obra de teatro, basada en la poesía el “Fausto Criollo” de Estanislao del Campo, pero modificada de tal manera, que en la última estrofa se escondía una trampa para que cayeran los ingenuos, que veían frustrado en un instante su porvenir en las tablas.

Parte de lo que conté a lo largo de este blog y que por lo tanto hace de alguna manera a la historia productiva de Tinogasta, tiene que ver con esta etapa vivida en Mendoza, algunas decisiones administrativas claves, tomadas en los 70 en la finca” Istataco” que cambiaron rápidamente su fisonomía, habían sido estudiadas previamente en los gabinetes de esta universidad y para el posterior desarrollo de las agroindustrias sirvieron el estudio de la enología y las numerosas visitas a empresas realizadas en esta pujante provincia.

Frente actual de la facultad

En los 60 en un período de gobiernos militares, la facultad era un lugar silencioso y limpio, lo único que se podía hacer era estudiar y trabajar, no recordando referencia alguna a discusiones políticas, ni graffitis que ensuciaran el edificio como suelen verse en la actualidad en universidades de Buenos Aires o Córdoba. En la actualidad sigue siendo limpia y ordenada, llena de parques y jardines demostrando que Mendoza es una de las ciudades más civilizadas de Latinoamérica.

Aquellos que no éramos de Mendoza, contábamos con el “Hogar y Club” un lugar donde no solo almorzábamos y cenábamos, cuando podíamos nos extendíamos en interesantes sobremesas, jugábamos al ajedrez, participábamos de numerosas charlas que daban diferentes personalidades de todos los ámbitos y los viernes proyectaban películas explicadas. Este “hogar” era pago pero accesible al presupuesto estudiantil y concurrían alumnos de todas las disciplinas, es por eso que en la extensa lista de amigos había médicos, ingenieros en minas, economistas, psiquiatras, etc.

domingo, 31 de agosto de 2008

48 - El boxeo

Era la pelea de fondo en el club Juventud Unida, la delegación visitante de La Rioja se conducía abiertamente a favor de los púgiles riojanos, habían traído también los árbitros, que sancionaban una y otra vez a los locales. Lo corroboraba la silbatina ensordecedora y los abucheos que iban creciendo, caldeando los ánimos desde la tribuna. En tres de los lados del ring estaban los jueces y en el cuarto, hacia el norte, la consola de sonido, los micrófonos del relator y publicista que en esa oportunidad era Chacho Tello y otras personas, mesas y elementos que prácticamente cubrían ese lado del cuadrilátero.

Desde hacía años me había dedicado a patrocinar jóvenes boxeadores, algunos de ellos iniciaron entonces brillantes carreras deportivas que siguieron a lo largo y ancho del país. Una vez, siendo pensionista en un restauran donde almorzaba y cenaba diariamente, se presentó en busca de trabajo un cordobés. Lo tomaron de mozo y sirvió un largo tiempo, un día comentó que en Córdoba practicaba algo el boxeo, le pregunté si tenía interés en participar de un grupo de de amateur que estaba creciendo en Tinogasta y aceptó, de esta forma comenzó su entrenamiento.

Aquella inolvidable noche, el “Cordobés” era quien iniciaba la pelea de fondo, atrás habían quedado todos los tinogasteños eliminados por un árbitro inescrupuloso, sonó el gong y el intercambio de golpes anunciaba un rápido desenlace pon nocaut, el árbitro “bombeó” a más no poder al “Cordobés”. En el segundo roud se repitió lo mismo, al tiempo que la tribuna bramaba con una catarata de improperios a los riojanos. Fueron al rincón, las caras de ambos púgiles daban cuenta de la ferocidad del encuentro. Sonó la campana y el “Cordobés” en lugar de tomar la diagonal para enfrentar a su rival, viró hacia el norte dirigiéndose hacia el árbitro a quien aplico un poderoso gancho de derecha en la mandíbula con tal potencia, que éste voló por encima de las cuerdas casi sin tocarlas, cayendo estrepitosamente sobre los equipos de transmisión que saltaron en mil pedazos, quebrando la mesa y varias sillas. Tello y demás acompañantes cayeron de espaldas ante el insólito desenlace de la pelea.

Acto seguido los espectadores se trabaron en múltiples peleas con los riojanos interviniendo rápidamente la policía. Para quienes no conozcan Tinogasta la policía está justamente al lado del club Juventud Unida y el comisario ordenó la detención inmediata del cordobés. Una vez rescatado un poco el orden, fui como representante del detenido a explicarle al comisario que considerara las circunstancias que desencadenaron los acontecimientos y a pedir por la liberación del cordobés. Este, que había presenciado los hechos me dijo en voz baja, que espere que se retire la delegación de La Rioja y que entonces liberaría al “Cordobés”.

Un tiempo después recapacité y comprendí que los espectáculos de boxeo con peleas de estilo callejero, se parecían más al circo romano que a un deporte virtuoso y me retiré del ámbito boxístico para siempre.

miércoles, 30 de julio de 2008

43 - La casa solitaria

Hubo unos días libres, estudiaba en Catamarca y decidí pasarlos en Tinogasta, al llegar no había nadie en la casa paterna, al verme doña Raquel que vivía en frente, me dijo que mi padre había viajado y que le dejó las llaves de la casa por cualquier cosa. Pero no tenía dinero y él tardaría varios días en volver, tomé la decisión de irme en la moto a la finca Istataco a 75 Km., recordando que algunos años antes pagaba mis penitencias en esa casa y cuando las muchachas me abandonaban, doña Felisa que vivía a unos pocos kilómetros me daba de comer.

Llegué a media noche a la casa solitaria en medio del campo, que estaba deshabitada desde hacía varios años, el viento hacía rugir las ramas de algarrobos cercanos y al no haber luna, la oscuridad era profunda. Advertí que no tenía llaves para entrar pero tomé una pinza y alambre que siempre tenía en la caja de herramientas de la moto. Preparé una especie de ganzúa pero me costó casi una hora abrir la puerta de la cocina. Adentro encontré una vela pero las puertas interiores también estaban con llave, logré acceder al pasillo que conducía a los dormitorios pero repentinamente apareció una víbora que se enrolló en el piso de mosaico para saltar, le lancé una patada con tal suerte que le reventé la cabeza con un fuerte crujir de huesos.

Cuando quise abrir la puerta de un dormitorio estaba también con llave, con un poco de sebo pegué la vela cerca de la víbora muerta y comencé por tercera vez con la ganzúa hasta que por fin logré desechar la llave, tome la vela con mi mano izquierda y al abrir la puerta quedé atónito pues una figura humana que tenía también una vela en su mano derecha me observaba con ojos desorbitados desde el interior de la habitación. El estremecimiento derivó en parálisis, no se cuanto duró aquel momento, ambos estábamos rígidos, aterrorizados, ninguno quería hacer el próximo movimiento. No había nada razonable que pudiera explicar este suceso espeluznante, cuando el corazón volvió a latir, moví los ojos tratando de buscar un escape pero el hombre estaba demasiado cerca, tan solo girar le daría tiempo a alcanzarme.

Cuando comencé a apartarme el hombre también se movió hacia atrás, entonces intenté recuperar el control y evaluando nuevamente la escena, comprendí que estaba frente a un espejo. Salir del susto me produjo una sensación de cansancio, entré tembloroso a la habitación, los últimos moradores habían cambiado la posición de un gran ropero y la puerta con un espejo del mismo tamaño quedó abierta, al entrar vi mi propia imagen. Había sido una noche larga, dormí intranquilo.

42 - Catamarca

Era un día de carnaval, íbamos siete en la moto aquella siesta, salvo el que manejaba, casi todos llevábamos bombas de agua en ambas manos para lanzárselas a alguna desprevenida curvilínea que hubiera tenido la desafortunada idea de caminar por las calles a esa hora.

Sentado casi al final del asiento con los talones apenas apoyados en la horquilla, justo vimos una chica y la artillería motorizada lanzó una avalancha de bombas, pero el esfuerzo desestabilizó la moto que zigzagueó y fue a parar al suelo desparramando a sus pasajeros, los rayos de la rueda trasera agarraron mi talón produciéndome una profunda herida, catorce rayos de acero se cortaron y de mi pié que había perdido el zapato, salía un chorro de sangre. Mis amigos espantados por la escena escaparon en todas direcciones dejándome tirado en el suelo con la moto a varios metros.

Rápidamente me puse de pié y saltando con la pierna sana levanté la moto, la empujé para que arrancara, no pudiendo montarla me senté en ella y de contramano, con los rayos cortados golpeando el cuadro y la rueda deformada apenas si pude llegar a la clínica Virgen del Valle. Entré saltando en un pié hasta que dos médicos me pusieron en una camilla y una inyección comenzó a desvanecerme alcanzando a oír que quizás debieran amputarme el pié.

A consecuencia de este accidente decidieron alejarme de la moto enviándome a estudiar a Catamarca donde anduve vendado y curando diariamente la herida desde marzo hasta septiembre de 1961, me alojaba en el hotel Suma Huasi que era muy distinto a lo que es ahora. Casi inmovilizado no me quedaba más remedio que estudiar, eximiéndome en todas las materias de 4º año. Ya en una pensión de la calle Rojas, me iba tan bien que decidí emular a mis primos, los mellizos Navarro que unos años antes habían rendido libre 5º año. Comencé a prepararme pero habiendo contratado a diferentes profesoras que vivían en lugares distantes, le envié varias cartas a mi padre con el buen anuncio pero pidiéndole a la vez que me enviara un Jeep para poder desplazarme hacia las casas de los profesores.

El Jeep no llegaba hasta que un día alguien dejó un mensaje en la pensión de que pasara a retirar “algo” que me enviaba mi padre, invité a todos mis compañeros a ir a buscar el Jeep, una vez en la dirección anotada, en un garaje justo había un Jeep flamante y mientras llamaba a la puerta para que me dieran las llaves, mis amigos se habían acomodado en los asientos. De pronto salió el dueño de casa quien a los gritos hizo bajar a todos del vehículo y cuando le expliqué que yo era el hijo de don Humberto que me había mandado un Jeep, el hombre al escucharme exclamó ¿un Jeep?, tu papá te mandó esto y mientras lo decía sacaba una bicicleta negra embalada.

Fue tal la frustración que me negué a llevarme la bicicleta, al fin mis compañeros cargaron con ella, no la usé nunca y dejé de prepararme para rendir 5º año libre.

Cuando cursaba tercer año en Tinogasta era bajito, el primero de la fila, algunos de mis compañeros que eran altos me decían “Pipío” en alusión a un pollito personaje de una revista para chicos. En Catamarca crecí tan rápidamente que en el primer año me estiré 20 cm y en 5º año llegué a medir 1,87 m, a mi regreso a Tinogasta me acercaba a alguno de mis ex compañeros y les decía al oído, ”..como era eso de Pipío che...” pero esta vez debían mirar para arriba.

Pasé dos años hermosos en esta bella ciudad, el esplendor de la adolescencia me sorprendió transitando calles impregnadas de perfumes de azahar y bellas mujeres, mi corazón juvenil quedaba prendado de estos ángeles celestiales a veces inalcanzables y a veces, fuentes inagotables del mágico elixir del amor.

Si tuviera que contar las anécdotas vividas en Catamarca debería llenar todo un blog, pero solo contaré la última. El aula de 5º año estaba separada del resto del Colegio Nacional, más cerca de la calle Maipú que la entrada por Sarmiento. Con unos compañeros descubrimos un gran laboratorio de química abandonado, logramos entrar y al ver la cantidad de frascos conteniendo todo tipo de substancias, recordé las picardías que hacíamos en Buenos Aires cuando comprábamos en una farmacia clorato de potasio y en otra barras de azufre para que no se dieran cuenta de nuestras intenciones, molíamos el azufre, lo mezclábamos con el clorato de potasio y lo poníamos entre dos chapitas de gaseosa unidas por una cinta adhesiva, luego la poníamos en las vías del tranvía y cuando éste pasaba explotaban con gran estruendo. Tan extendida era esta práctica que los conductores llevaban un palo colgado adelante para ir sacando todas las chapitas que lograban ver.

Quise reproducir estas explosiones sin ánimo de dañar a nadie y menos las instalaciones, pero desafortunadamente nos excedimos en la cantidad de pólvora preparada, la habíamos puesto sobre el piso y arriba una piedra, lanzamos una segunda piedra contra la primera y la explosión fue tan fuerte que ésta rebotó y pegó en el techo de un museo de ciencias naturales también abandonado, a la vez que tembló todo el colegio y la onda expansiva sacudió varias manzanas a la redonda.

Como consecuencia del “experimento” se presentó de inmediato en el aula el vicerrector salido de quicio a preguntar quienes fueron los autores del “atentado”, nadie hablaba y cuando la amenaza involucró a todo el curso decidí entregarme, pero lo hice solo, en medio del silencio cobarde de los otros involucrados.

¡Mándese a mudar inmediatamente! atronaba el árabe una y otra vez, haciendo arcos en el suelo con su dedo índice. Me exoneraron de todos los colegios del país, pero la intervención oportuna de un gran hombre, don Armando Z.. (y no porque me salvara) sino por su trayectoria de vida impecable que lo hacía uno de los ciudadanos más respetados de Catamarca, logró convencer al rector para que me reincorporara. Hasta muchos años después este inefable amigo que tanto aprecié, siguió dándome invalorables consejos, de gran utilidad en la vida agitada que me esperaba.

Al recibirme y ya de regreso a Tinogasta, el auto en que viajaba chocó en la Cébila con un camión, mientras esperábamos un auxilio fui con un compañero hasta una barranca de unos 3 m de profundidad. En el fondo preparé una nueva carga de pólvora, esta vez reforzada con carbón mineral. Desde el borde de la barranca lancé una piedra sobre la otra que tapaba la carga explosiva pero esta vez la piedra retrocedió con tal fuerza que pasó entre mi cabeza y la mano elevándose a gran altura cayendo sobre un cerro. El estruendo sacudió toda la zona pero la piedra me había rozado la palma de la mano en la base del pulgar que se llenó de puntos con sangre y el dolor era tan agudo que tuvieron que parar un vehículo para que me llevaran de urgencia a un hospital de Aimogasta.

El destino intervenía con una advertencia por enésima vez, tenía 18 años, lo que pasó después dejaría éstas anécdotas como cuentos para niños.

domingo, 1 de junio de 2008

38 - La fuga

En un capítulo anterior deje un vacío narrativo entre el paso por el colegio San Miguel de Buenos Aires y la posterior aparición ganando una moto al aprobar 2º año en la Escuela Normal de Tinogasta, en este período ocurrió un hecho significativo que solo puede atribuirse a la irrupción del destino que en pocas horas transmutó una realidad apacible en el vertiginoso viaje hacia la más extravagante aventura.

Rendía en marzo castellano de primer año en un colegio de Buenos Aires y debía también otra materia, cuando la profesora me pidió que diera ejemplos de cosas concretas y abstractas, le di varios ejemplos de cosas abstractas como la libertad y otras similares, pero al enumerar las concretas, mencioné entre otras el alma humana, justamente para poner de manifiesto la dificultad de su exégesis en el límite de la categoría. Levantando la vista la señora me dijo: retírese está aplazado.

No me dio oportunidad a explicarle que, consciente de lo cuestionable para ese tiempo de mi afirmación había toda una elucubración filosófica y científica que la respaldaba y hasta el diccionario me daba la razón por cuanto dice: “abstracto, ta. (Del lat. abstractus). adj. Que significa alguna cualidad con exclusión del sujeto”. Entonces el alma es concreta por cuanto no se puede excluir del sujeto. Cuando un hombre muere desaparece su cuerpo pero también hay un alma menos en este mundo por más que haya viajado al cielo , al infierno o a “Marduk”.

Pero bueno, ese hecho desencadenó otros que no conviene contar para no herir la susceptibilidad de quienes no tengan la fortaleza necesaria para afrontar desafíos tan duros como aquellos que vivimos mi hermano y yo en 1959. El hecho es que después de estar durante días mencionando nuestros nombres por varias radios del país tratando de ubicar nuestro paradero, aparecimos en Tinogata justo cuando llegaba el Ministro de Educación de la Nación, Luis Rafael Mac'Kay, siendo presidente Frondizi y creó el segundo año en la Escuela Normal de Tinogasta dando la posibilidad de inscribirse hasta con 2 materias previas. ¡Que casualidad!

Escuela Normal de Tinogasta en los 60

Este grupo humano, junto con un plantel de profesores de excelencia escribieron páginas inolvidables que trascendían las vivencias propias de la juventud de la época, ya que además eran unos de las primeras camadas numerosas que accedían a un nivel superior de educación sin salir de su querida Tinogasta.

Tales fueron las vivencias de aquellos años plasmadas en mil y una travesuras que en 1987, con motivo de cumplir las bodas de plata de la promoción, no solo se hicieron presentes a los festejos casi todos los ex compañeros, venidos algunos de muy remotos lugares, sino que se volvió a realizar el encuentro a los 40 años en el 2002 y nuevamente a los 45 años en el 2007, demostrando el alto nivel de amistad y compañerismo que se había logrado en la gloriosa promoción 62.

La promoción 62 festejando los 40 años en el 2002

Carlos Tello, quinto de izquierda a derecha en la última foto, tenía una pequeña moto “Paperino” y como era bonachón y desprendido todos le pedían prestado la moto. Un día me decidí a pedírsela para dar una vuelta a la plaza y me la prestó. Bastó esa vuelta para tomar el objetivo irrenunciable de tener una, pero como ese año turbulento le había prestado poca atención al estudio, al pedirle a mi padre que me comprara una, me dijo que si aprobaba todas las materias en diciembre y también mi hermano, nos compraría una moto a cada uno. Claro, jamás pensó que fuéramos capaces de ganar la apuesta, pero cumplió con su palabra.

Pero la alegría no iba a durar mucho, durante las vacaciones de 1960 me alejé tanto de la casa por la moto que habían ampliado considerablemente el horizontes de aventuras, que un día al volver me encontré con una sorpresa terrible: por mal comportamiento me enviaban internado al colegio Nuestra Señora de Luján. ¡Saz! , el mundo se derrumbó.


Entrada del Colegio Nuestra señora de Luján en Luján Buenos Aires

En este colegio tuve un problema increíble, si bien para mi significaba una “prisión” era un colegio grande y muy lindo donde nada hacía suponer que tuviera un desenlace insólito al poco tiempo. Ocurre que me encontré con nuevos amigos y pasó un tiempo de camaradería hasta saber de dónde éramos cada uno. A diferencia del Colegio San José donde no se podía hablar durante el almuerzo y la cena, a tal punto que si nos faltaba pan debíamos levantar las manos uniendo índices y pulgares hasta que algún cura viera nuestra seña con forma de pan, en éste sí se podía conversar en las largas mesas donde comíamos.

Un día alguien me preguntó que hacía en mi pueblito de Catamarca y le conté que tenía una moto y que con ella la vida era una aventura permanente. Cual fue mi sorpresa cuando mis dichos arrancaron una catarata de carcajadas de mi auditorio cercano que luego fue extendiéndose por toda la mesa con frases que imagino dirían ”.. escuchen al catamarqueño palangana... dice que tiene una moto que es de él...” pero pronto las carcajadas se fueron transformando en insultos cada vez más y más agresivos hasta que por fin quede solo en la mesa y todos me retiraron la confianza y el saludo. No me creyeron que tenía una moto.

A la mañana siguiente al aire libre en un patio, nos hicieron sentar alrededor de una colchoneta tipo judo, recién estaba clareando el alba cuando un profesor de gimnasia comenzó diciendo: haber, ¿alguno de ustedes tiene algo contra otro alumno? , se paró uno de los que el día anterior estuviera en la mesa de la “discordia” y dijo: sí profesor, yo y en contra del catamarqueño ese, señalándome. Me hizo parar el profesor y nos calzó a ambos sendos guantes de boxeador. Bueno, sáquense la bronca ahora dijo y comenzó una dura pelea, el pampeano era duro pero yo era un peleador nato y el combate se extendía cada vez con más dureza, teníamos la cara ensangrentada pero no nos detenían, seguimos golpeándonos ferozmente por un muy largo rato hasta que por fin el profesor declaró empate.

Para abreviar, en todas la clase siguiente alguien pedía pelear con migo, repitiendo escenas como las contadas. Por eso tomé la decisión de irme de esa escuela, se lo hice saber a algún celador y éste seguramente se lo contó al director. Recuerdo que una día cerca de las 2 de la tarde, éste me hizo llamar a su oficina, era un sacerdote mayor, alto y voluminoso, me dijo que lo acompañara a dar un paseo por la escuela, entre consejos y consejos me iba mostrando las casi nulas salidas que tenia la escuela generalmente paredes altísimas hasta conducirme a la puerta principal, la que se ve en la foto. El director me dijo: bien si te quieres escapar de la escuela ya sabes que hay una sola posibilidad, salir por esta puerta, pero claro tendrás un único problema, deberás pasar por sobre mi cadáver.

Era un día jueves, por una pequeña puerta que daba al río Lujan había una pasarela de madera suspendida por cables y los alumnos de la ciudad de Luján podían ese día ir a sus casas mostrando un pase que los acreditaba. Fui al dormitorio y me acerqué a la cama de uno de esos alumnos, vi su pase sobre la cómoda y le dije:
- ¿Te vas?,
- Sí me contestó.
- Pero tienes una mancha en los dientes ¿por que no te lavas?
- Claro y tomó un cepillo dirigiéndose al baño que quedaba lejos.

Tomé entonces su pase y fui corriendo a la cola de los que estaban saliendo, me puse atrás del penúltimo y como se quejaban amenacé con pegarle al que le quité el lugar, éste obedeció por el miedo que me tenían ya que sin quererlo me habían transformado en un destacado boxeador. Mirando para otro lado di el pase y una vez afuera corrí hasta el puente colgante y de ahí hasta la basílica donde me escondí debajo del altar. Esperé la noche, antes de que cerraran salí y me dirigí a la estación de trenes a unas 12 cuadras de allí. Como no tenía dinero esperé que el tren se pusiera en marcha, lo corrí y me subí en el furgón de cola.


A la izquierda Colegio Ntra. Sra. de Luján, río Luján y a la derecha abajo Basílica de Luján

Pero se largó una lluvia torrencial que me empapó y hacía bastante frío, estaba a la intemperie ya que el furgón de cola tenía la puerta cerrada, como a las 4 de la madrugada llegué a Buenos Aires y fui caminando desde plaza Miserere al departamento de mi madre en Azcuénaga y Santa Fe. Cuando me vio no podía creer y casi ni me reconoció.

Se armó un tremendo lío y tuvieron que llamar a mi padre que estaba en Tinogasta, mi madre fue a retirar mis pertenencias en Luján, el director estaba compungido por haber permitido que se le escapara un alumno. Le pidió que me llevara a un psiquiatra.

Unos días después mis padres me llevan a un psiquiatra, me hizo pasar primero a mí y me preguntó cual era mi problema, le dije que yo en Tinogasta vivía una vida maravillosa, que era feliz, que tenía muchos amigos, que tenía una moto que la consideraba una extensión de mi organismo, que nunca estaría conforme si me llevaran a vivir lejos de mi ambiente, que prometía estudiar mucho si me dejaban volver a Tinogasta, etc. El psiquiatra después de escuchar mi alegato atinó a decir que él también haría lo mismo si tuviera que elegir entre vidas tan disímiles.

Luego pasaron mis padres y al salir me dijeron que me llevarían de vuelta a Tinogasta. Así es como vuelvo a hacer el resto de 3º año en la Escuela Normal junto a los compañeros de la foto pero las diversiones fueron muchas y el estudio no tanto y al año siguiente me llevaron a estudiar al Colegio Nacional de Catamarca. De ahí que en estas fiestas de la promoción 62 voy como invitado por adopción ya que realmente me recibí de bachiller en el Colegio Nacional de Catamarca.

jueves, 20 de marzo de 2008

32 - En el aire

Con unas 20 primaveras, en una base militar, me acerqué al mundo de los aviones, iniciando una larga serie de aventuras en el aire.
Caza a reacción Morane Saulnier

A la izquierda el autor con el paracaídas puesto que hace de asiento en el caza a reacción Morane Saulnier, adelante iban los pilotos y atrás un riojano y yo. Encendieron los reactores y rápidamente tomamos altura, como seguramente los abrumaríamos con nuestros expresiones de emoción en este primer vuelo y advirtiendo nuestra tonada norteña, los pilotos comenzaron a hacer acrobacias de todo tipo con el fin de asustarnos. Comenzaron invirtiendo el avión con lo que en lugar de mirar el cielo veíamos la tierra abajo, lo estabilizaron preguntándonos si nos había gustado. Si, si.. le dijimos, acto seguido hicieron un “looping”, la fuerza centrífuga de este giro vertical nos aplastó contra los asientos (nuestros paracaídas), y el riojano empezó a sentir el efecto de estas bruscas maniobras, siguieron “tirabuzones” y otras piruetas hasta que llegó lo peor.

Uno de los pilotos dándose vuelta nos preguntó:

- Muchachos, ¿quieren que peguemos una frenada en pleno vuelo?

- ¡AH!... que pícaros que son..., van a frenar un avión, ja ja claro ¿freno de avión es como timbre de mausoleo no?

- ¡HEY!... que graciosos que son... ¿así que según ustedes el avión no tiene frenos..?
-Ja ja ¡claro.. es como bocina de avión!

-¡AH!... pero que graciosos estos norteños, dijo un piloto, ya van a ver lo que les va a pasar...amenazó.



Tablero del Moran Saulnier
- Miren la parte de atrás de las alas, vamos a sacar los “spoilers” y los “flap” dijo uno de ellos, nosotros creíamos que era otra broma más.

- Pero antes observen el altímetro dijo, señalando uno de los tantos chirimbolos del tablero.
Marcaba 6.500 metros de altura y viajábamos a unos 700 kilómetros por hora. La aplicación de estos spoilers fue tan brutal que las correas de los paracaídas que nos cruzaban el pecho, prendidas a la cabina por nuestras espaldas, se hundían en la poca carne que teníamos en esa época. Era tan brusca la desaceleración que la presión de las correas no nos permitía respirar y el riojano comenzó a ponerse colorado, no aflojaban el frenado, cayendo la máquina vertiginosamente hacia el suelo. A pocos metros de un aparente impacto quitaron los spoilers y aceleraron al máximo, trepando el caza nuevamente a toda velocidad. Lamentablemente mi compañero no aguantó más y pidió que de inmediato lo devolvieran a tierra y de esa manera terminaba anticipadamente el bautismo en el aire .

En otra oportunidad, viajaba en un Avro de Aerolíneas Argentinas que debía hacer escala en Córdoba para reabastecer combustible pero cuando llegamos, ya de noche, el avión daba vueltas y vueltas al aeropuerto pero no aterrizaba. Los pasajeros comenzaron a murmurar y se percibían señales de desasosiego. Como iba en una ventanilla y era un viajero frecuente notaba algo raro, la pista no estaba iluminada. De pronto la voz del comandante descargó la adrenalina, dijo: ”...señores pasajeros, el comandante les informar que el avión se esta quedando sin combustible... no pudimos aterrizar por cuanto un pirata aéreo ha secuestrado un avión de Austral y exige que las luces de las pistas permanezcan apagadas, pedimos que iluminen una pista lateral con balizado manual pero la tarea va lenta y deberemos aterrizar de cualquier modo”. “Tripulación: prepararse para un aterrizaje de emergencia, rogamos tranquilidad a los pasajeros”.

A partir de ese momento el avión se transformó en un caos, gritos desgarradores partían de diferentes asientos, lamentaba viajar solo porque me hubiera gustado descargar la angustia contenida, pero percibir el miedo que se iba apoderando de la gente, me llevó a exigirme autocontrol. ¡No puede ser que haya llegado mi hora! pensaba, vamos a poder aterrizar, afrontaba la situación con coraje pero tenso. Algunas personas reclamaban calma a los gritos, pero había mujeres que lloraban. Por fin el avión casi en plena oscuridad tocó tierra sin mayores problemas, en una pista secundaria vinculada a la cabecera de la principal. Pero la tranquilidad del aterrizaje iba a durar poco.

Como el avión detuvo los motores y hacía calor, abrieron una puerta delantera, nadie podía bajar porque no había escalerilla. A partir de ese momento comenzó dentro del avión una serie de sucesos, un hombre alto y corpulento se paró adelante, dijo pertenecer a los servicios secretos y que conduciría la situación, como pronto apagaron las luces interiores del avión apenas si lo distinguíamos. El comandante cada tanto daba un parte, a través de azafatas de lo que le transmitían de la torre de control, dando cuenta de la situación caótica que había en el aeropuerto ya que las negociaciones con los secuestradores no avanzaba.

Transcurrían las horas y el supuesto “agente” había dicho tantas cosas acerca de los posibles desenlaces del secuestro que no sabíamos si debíamos tranquilizarnos o preocuparnos. De pronto se encendieron las luces de la pista principal y se informó que el avión de Austral despegaría con un grupo de secuestradores a bordo. El avión recorrió toda la pista lentamente sin levantar vuelo con luces delanteras potentes, cuando iba llegando al lugar donde estaba el nuestro, el “agente” dijo que al vernos podrían ametrallarnos por lo que nos obligó a tirarnos a todos en el pasillo, fue tremendo, en la oscuridad y en un pasillo tan estrecho no cabíamos por lo que unos estaban aplastando a otros y para colmo de males el avión secuestrado al girar para despegar nos vio y se detuvo alumbrándonos por la puerta abierta, el caos era mucho peor que cuando nos anunciaron el aterrizaje de emergencia. Esperábamos las ráfagas de ametralladora en cualquier momento.

Por fin el avión despegó y el nuestro pudo llegar al aeropuerto, era un mundo de gente y de periodistas, un hombre de sombrero negro con un cuello de toro, mantenía contra la pared elevándolo del suelo a uno de los pasajeros de Austral que habían dejado bajar del avión, lo increpaba a viva voz con acento extranjero, decían que era uno de los agentes de la CIA que intervinieron en el caso.

El resto de lo ocurrido fue de público conocimiento, dejo muchísimas otras anécdotas para otros capítulos.

Nota: He agregado varias fotos en los capítulos anteriores, también logré digitalizar algunas diapositivas como la de este capítulo lo que me permitirá agregar en los próximos días muchas otras imágenes.

domingo, 2 de marzo de 2008

30 - El muerto

Habían ocurrido tantas cosas extrañas en mi corta vida, que en aquel amanecer, alguna condición etérea modificó la luz, hecho ya conocido y premonitorio de cosas terribles por venir, o quizás fuera la forma subjetiva de percibirla pero me levanté sintiendo algo extraño, difícil de definir, como difícil sería de entender lo que me tenía preparado el destino aquella mañana.

Debía ir a la escuela, como lo hacía habitualmente, no era de los que se hicieran la “yuta” para escapar de una lección mal estudiada; bajé donde tomaba el desayuno, pero una voluntad ajena que parecía poseerme me llevó hasta mi moto Zanella Ceccatto. Nunca iba a la escuela en la moto porque quedaba muy cerca de mi casa, pero esa mañana impulsado por el destino, arranqué raudamente hacia lo desconocido, me dirigí a la ruta de ingreso a Tinogasta corriendo por la llamada “vista larga” paralela a la vía del ferrocarril sin tener la menor idea hacia dónde me dirigía.

De pronto, sin distinguir los actos voluntarios de los que provienen de dimensiones paralelas detuve rápidamente la marcha y estacioné la moto en la banquina derecha de la ruta, miré en todas direcciones, era temprano, no había ningún vehículo ni persona a la vista. Nuevamente en una especie de trance, sin poder recuperar el control pleno de mis actos esperaba perturbado la llegada de una nueva “orden”, de inmediato miré hacia las vías del tren y hacia allí fui trepando al terraplén. ¡OH Dios mío! .. apenas asomé por el otro lado encontré recostado con la cabeza hacia las vías un hombre muerto en descomposición, estaba hinchado y con los ojos desorbitados, se le había roto la ropa por la hinchazón del cuerpo y tenía ambos pies aplastados por el tren.

Con un nudo en la garganta, estremecido y asustado salí a los saltos hasta llegar a la moto, la puse en marcha y volví a Tinogata a toda velocidad, me sentía liberado, había recuperado totalmente el control y solo trataba de organizar el aviso a la policía o a quien fuere. No había casi nadie en las calles del pueblo cuando detuve la moto frente a la policía y entré corriendo a dar aviso de lo sucedido. A las pocas horas Tinogatsa era un hervidero de vehículos, ambulancias, personas que salían a comentar el increíble hecho.

Pero esta narración no tendría razón alguna para contarse de no ser por lo que sucedió treinta años después. Una noche, estaba sentado en un lugar que por razones legales no puedo mencionar en una mesa con muchas personas, y recordando cosas del pasado conté esta anécdota que para algunos habrá sido la enésima vez que la escuchaban, para otros resultaría una sorpresa y para algunos motivo de un profundo silencio. Al rato por lo tarde de la hora, se comenzaron a ir los integrantes del encuentro hasta quedarme solo con una persona. Este último, comprobando que no había nadie cerca me dijo en voz baja:

-Yo se de su historia porque estuve en la casa donde una noche mataron a ese hombre.
-¿Cómo? Le dije.
- Si, lo mataron, lo llevaron hasta la vía y lo dejaron allí para que pareciera un accidente.

(Aquí hay una parte que no puedo contar, pido disculpas).

-Pero ¿quién lo mató? Le pregunté.
- Uno de los que acaban de irse estaba en el grupo.
- OH.... fin del cuento.

sábado, 8 de diciembre de 2007

18 - El fugitivo

Ya casi al mediodía, la camioneta en que viajábamos a Laguna Verde (Chile), comenzaba a andar cada vez más despacio por falta de oxígeno (puna), avistamos la casilla de Las Grutas, abandonada en esa época de los 70. Manejaba mi hermano Enrique, en medio iba una señora de quien solo puedo decir que era muy preparada, con un toque izquierdista que contrastaba con la adhesión que entonces tenía por Pinochet ya que en mis anteriores viajes a Chile había visto como el régimen de Allende había expropiado las tierras y las cabras que tenía un pobre hombre en la cordillera instalándole un gran cartel que decía “Propiedad de Todos los Trabajadores”.

Al acercarnos a la casilla, por una abertura vimos moverse una figura humana que salió y se dirigió hacia nosotros caminando con dificultad haciendo señas desesperadas, paramos, apoyándose en mi ventana de la derecha vi que era una persona destrozada, tenia los labios llenos de profundas llagas y la cara negra por la radiación que había recibido. Con voz temblorosa me dijo: “ por favor, señor, máteme, máteme.. ¡por favor se lo pido!.., ¡no resisto más! Aquí tengo una pistola, por favor, dispáreme, no tengo coraje para dispararme yo mismo.... hace diez días que no como ni bebo agua...

Le ofrecimos comida y agua pero nos la rechazó, insistía en que lo matáramos. Le preguntamos que le había pasado,... nos contó que era comunista y que él con un hijo se habían escondido en el interior de una mina en Copiapó junto a otros partidarios, pero llegó el ejército para capturarlos, como no salían de la mina tiraron gases lacrimógenos que no pudieron soportar, una vez en la superficie y en medio de una humareda comenzó un tiroteo donde alcanzó a ver que cayó su hijo y él con otro logró escapar hacia la cordillera.

Las condiciones que debió soportar el hombre fueron demoledoras por cuanto no pudo pasar a Argentina por el paso de San Francisco ya que estaba custodiado por los carabineros. Su compañero no resistió y lo abandonó, siguió solo sin conocer el lugar, se perdió lo que justificaba tantos días sin comer ni beber.

Hicimos por fin un trato, iríamos hasta Laguna Verde para que la señora que nos visitaba en Tinogasta la conociera y al regreso lo cargaríamos y lo traeríamos hasta Fiambalá, nos pidió entre súplicas y amenazas que no lo entregáramos a los carabineros. Al llegar a Laguna Verde nos interceptaron los carabineros y nos condujeron a una cueva en la montaña donde tenían una base, llevamos nuestros alimentos y bebidas, nos trataron bien al punto que con unos tintos de por medio nos pusimos todos dicharacheros y comenzamos a discutir de política con la señora....

Emprendimos el regreso, ya desde la lejanía vimos que el fugitivo se había subido a una gran roca que estaba a la derecha del camino, trataba de verificar que no trajéramos algún carabinero, al detenerme para cargarlo, se acercó a mi ventana y me puso una pistola en la sien, no alcancé a escuchar lo que dijo y en un frenesí indescriptible de susto y coraje le arrebaté la pistola torciéndole el brazo hasta que la largó. Abrí violentamente la puerta golpeándolo y cayó al suelo, entonces me bajé y le puse yo la pistola en la frente reprochándole enfurecido su acto de traición.

La acción conjunta de mi hermano y la señora lograron calmarme y convencerme que lo trajera no obstante el extraño y peligrosísimo comportamiento que tuvo.

Lo hice subir atrás con la condición que no se mueva. Avanzada la tarde llegamos al refugio de Chaschuil, mi hermano estaba cansado porque había manejado desde las 6 de la mañana, me tocaba el turno a mi pero pedí descansar una media hora antes de agarrar el volante, lo puse al fugitivo sobre unas piedras en un lugar aislado para poder controlar sus movimientos, tiré una colchoneta en el interior del refugio, puse la pistola rusa debajo y me dormí profundamente.

Cuando desperté, escuché una conversación a pocos metros detrás mío, ¡oh sorpresa! Habían calentado agua y tomando mate, estaban en animada tertulia, mi hermano, la señora y el fugitivo...

Ya era la oración cuando llegamos a Fiambalá, cerca del río paramos, el hombre se bajó y nos agradeció la ayuda que le habíamos dado, nos preguntó como nos llamábamos, le mentí el nombre porque en Argentina también había un régimen militar y nuestra acción podía ser ilegal, le entregué la pistola y seguimos, había sido un día para no olvidar...